El dj y productor Gordo, desembarca en Ibiza con un discurso de inclusión que choca frontalmente con la estética que despliega en sus cabinas. La controversia está servida.
La temporada 2026 en Ibiza venía cargada de anuncios potentes, pero pocas residencias han generado tanto revuelo incluso antes de arrancar como la de Gordo en la mítica sala Pacha. El artista, que ha pasado de productor de la sombra (con un crédito de lujo en el Honestly, Nevermind de Drake) a convertirse en uno de los nombres más taquilleros del circuito, presentará su fiesta Taraka a lo largo de seis fechas, con un primer adelanto el 1 de mayo y un tramo fuerte entre agosto y septiembre .
Sobre el papel, la propuesta de Gordo parecía alinearse con esa necesaria corriente que reclama más presencia femenina en las cabinas. Tal y como ha confirmado la organización, el line-up de apoyo estará íntegramente compuesto por mujeres, con las DJs Gala y Sacchi ya confirmadas y más nombres por anunciar. Un gesto, en apariencia, loable para dar visibilidad al talento femenino en una industria aún lastrada por desequilibrios históricos.
Sin embargo, quien haya seguido de cerca la trayectoria del artista latino sobre las tablas sabe que el discurso institucional de esta residencia choca de frente con la escenografía habitual que el DJ despliega en sus performances. Porque si uno se aleja del comunicado oficial y observa qué ocurre en el backstage de Gordo, la imagen que se repite es la de un espacio reservado exclusivamente para mujeres que responden a un único patrón estético: exuberantes, con el único cometido aparente de bailar mientras él ejecuta sus mezclas. Una dinámica que se ha convertido en una constante a lo largo de sus últimos directos y que trasciende lo anecdótico para consolidarse como una firma visual.
Lo más llamativo del asunto es que Gordo no es, ni mucho menos, un caso aislado dentro del ecosistema de la música electrónica. Son varios los capos que han normalizado esta estética. Figuras como Marco Carola, que vuelve a liderar las noches de Music On los viernes en la misma Pacha, o el propio Hugel, que aterriza en Hï Ibiza con su fiesta Make The Girls Dance, han sido señalados en múltiples ocasiones por rodearse de coros femeninos que actúan más como adorno visual que como parte activa del espectáculo musical.
Con esta jugada, el productor guatemalteco lanza un mensaje cuando menos confuso. Por un lado, la reivindicación profesional de las mujeres en los platos. Por el otro, la cosificación en el espacio privado (y a veces no tan privado) de la cabina. Dos perspectivas que no solo se alejan, sino que colisionan directamente.
Y aquí la cuestión no es baladí. En una era donde el público, cada vez más consciente, exige coherencia entre lo que se predica y lo que se práctica, gestos como este huelen a postureo. La pregunta que sobrevuela la pista es obligada: ¿deberían los clubes y promotores empezar a fiscalizar también lo que ocurre en el backstage? ¿O, por el contrario, estamos ante una tormenta en un vaso de agua y todo forma parte del imaginario hedonista y visual de la noche? La respuesta, como casi siempre en Ibiza, se decidirá en la pista de baile.

